El amor en los tiempos de Instagram
¿Por qué carajos todo el mundo está desesperado por tener pareja? ¿Existe alguna ley no escrita que diga que si no tienes un/a media naranja eres un ser incompleto, un fracaso social o peor, un bicho raro?
Spoiler: no. Pero aquí estamos, atrapados en un circo que mezcla capitalismo, siglos de cuentos de hadas, discursos religiosos, consejos de psicólogos que a veces parecen más perdidos que nosotros, y claro, un Instagram repleto de tipos musculosos y tetas perfectas que no sabemos si nos motivan o deprimen.
El amor: ¿necesidad ontológica o moda capitalista?
Michel Foucault nos invita a pensar que el amor romántico es una construcción histórica y social que, lejos de liberarnos, nos encadena a un régimen de poder y vigilancia.
Marx ya nos alertaba sobre cómo el capitalismo mercantiliza hasta lo más íntimo, y Byung-Chul Han añade que vivimos en una sociedad del rendimiento donde el amor se convierte en otra obligación más, un “proyecto” que hay que optimizar para ser feliz.
Entonces, ¿realmente necesitamos pareja para existir? Los monjes budistas y algunos que eligen conscientemente el celibato parecen decirnos que no. Tal vez el asunto sea otro: el amor romántico es una trampa cultural que nos tiene en piloto automático, persiguiendo espejismos mientras ignoramos la alfabetización emocional que realmente nos haría libres.
La alfabetización emocional: la asignatura pendiente
Hablar de amor sin hablar de inteligencia emocional es como intentar entender física cuántica con memes. Daniel Goleman y John Gottman nos enseñan que el éxito en las relaciones no depende solo del “sentir”, sino del “saber sentir”, gestionar emociones propias y ajenas con un coeficiente emocional digno de premio Nobel. Sin eso, mejor estar solo, o al menos, dejar de culpar al otro por ser un desastre humano.
La madre tóxica y el sistema familiar: la maldición invisible
No seamos ingenuos: la mayoría de los dramas amorosos no empiezan en Tinder ni en la primera cita, sino mucho antes, en ese sagrado altar llamado “familia”. Ahí donde la madre, con todas sus buenas intenciones (o no), se convierte en la reina tóxica que te enseñó que amar duele, que el control es amor, y que la vulnerabilidad es para débiles. Pero ojo, no es solo la madre, es todo un sistema familiar tóxico que normaliza el conflicto, el silencio, el chantaje emocional y el “yo sufrí, así que tú también tienes que sufrir”.
Este caldo de cultivo emocional nos predispone a repetir patrones destructivos y a buscar afuera lo que nunca aprendimos a darnos a nosotros mismos: seguridad, amor propio y límites sanos. Si no tienes un doctorado en inteligencia emocional para lidiar con estas maletas emocionales, prepárate para tropezar con las mismas piedras una y otra vez.
Porque en el fondo, muchas veces no es que el amor romántico sea un desastre, es que venimos con un manual de instrucciones rayado, firmado por el sistema familiar tóxico y una madre que te quiso “a su manera”.
El mercado del amor: hetero, gay y el convencionalismo del abuelo
Si pensabas que el amor era un sentimiento puro y sagrado, despierta: es un mercado feroz, un negociado que se transmite de generación en generación con sus reglas, clichés y presupuestos ideológicos que nadie se atreve a cuestionar.
Desde el amor “tradicional” del abuelo que nunca se separó — como si eso fuera un trofeo de vida — hasta la diversidad moderna que aún batalla con las sombras del heteronormativismo y la opresión cultural.
Es un escenario donde todos somos actores y consumidores a la vez, atrapados en un juego que ni siquiera sabemos cómo se gana.
Instagram y la generación “amor perfecto”: la comedia trágica
Y aquí viene la cereza del pastel: Instagram. Esa vitrina global donde todos parecen tener la relación perfecta, el cuerpo escultural y la vida envidiable. Pero ojo, no confundamos las apariencias con la realidad. La mayoría de esos perfiles son producto de un montaje elaborado para alimentar el ego y vender felicidad en dosis homeopáticas.
No es casualidad que muchos de nosotros, saturados de estas imágenes, terminemos bloqueando amigos, familiares o parejas solo para no hundirnos en un pozo de comparaciones tóxicas. Los psiquiatras de “alto nivel” probablemente se ríen en secreto de nuestras crisis existenciales, mientras nosotros tratamos de encontrar sentido a un amor que parece más un reality show que una experiencia humana auténtica.
¿Y ahora qué? ¿Nos quedamos solos?
Tal vez. O tal vez no. La clave está en reconocer que estar solo no es un castigo ni una derrota, sino una oportunidad para explorar quién diablos eres sin máscaras ni cuentos.
Para aprender a quererte sin condiciones y para entender que el amor, ese verdadero, el que sana y no destruye, empieza por uno mismo